Hace exactamente treinta años, cuando el Coronel Gadafi tiranizaba a su pueblo y sometía a las grandes potencias a un imperio de terror financiando a los extremistas de medio mundo, y cuando los acobardados dignatarios de la mayoría de los países le rendían pleitesía permitiéndole incluso montar su excéntrica jaima en los jardines de palacios y embajadas, tan solo una voz se alzó en su contra.
Alberto Vázquez-Figueroa se atrevió a publicar Matar a Gadafi a sabiendas de que se jugaba la vida porque el brazo asesino del dictador era muy largo, pero a sabiendas también de que si no se detenía para siempre a quien cada día demostraba ser más cruel y estar más loco, acabaría provocando una guerra civil y un baño de sangre.
Alberto Vázquez-Figueroa se atrevió a publicar Matar a Gadafi a sabiendas de que se jugaba la vida porque el brazo asesino del dictador era muy largo, pero a sabiendas también de que si no se detenía para siempre a quien cada día demostraba ser más cruel y estar más loco, acabaría provocando una guerra civil y un baño de sangre.
